¿Qué tema estas buscando? Escribe aquí

martes, 24 de junio de 2014

Contratos Innominados o Atípicos

Para conocer la definición de contrato, hay que acudir al Código Civil, que lo define como un pacto de mínimo dos personas para que nazcan, transfieran, editen o eliminen obligaciones y derechos. Además, también es importante conocer que en el Código Civil aparece otra idea de suma importancia que determina el inicio de obligaciones y de derechos en los diferentes contratos con respecto a etiquetas que les den nombre para que otorguen una firmeza jurídica contundente a los contratos que se vayan creando.

Sigue a administración moderna  en Facebook

CONTRATOS INNOMINADOS O ATÍPICOS


CONTRATOS INNOMINADOS O ATÍPICOS- HISTORIA:

Según el Derecho Romano, en  la Antigua Roma originalmente se distinguían dos grupos de contratos:

1.    Los contratos nominados
2.    Los contratos innominados


Los contratos nominados eran aquéllos que tenían un nombre, por ejemplo una compra venta, el arrendamiento, el contrato de sociedad, el contrato de mandato. Los romanos distinguían básicamente  cuatro tipos  o grupos de contratos nominados:

1.    Los Contratos “Verbis”
2.    Los contratos “Líteris”
3.    Los contratos “Re”
4.    Los contratos “Consensu”

Cada uno de estos contratos se distinguía por ser formales, producía obligaciones en el ámbito del derecho romano no por el simple acuerdo de las partes, sino que producía estos efectos  ya que cuenta con una formalidad determinada.

En los contratos “Verbis”  la formalidad, lo que los romanos llamaban la “estipulacio”, que era una forma sacramental en virtud de la cual ellos decían: prometes hacer tal cosa, sí, sí prometo hacer tal cosa, sí estipulo hacer eso. El decir esa fórmula era sacramental lo que producía la obligación respectiva.

Los contratos “Líteris” también eran formales, la formalidad consistía en hacerlos por escrito, literalmente.

Los contratos “Re” que también eran formales, la formalidad consistía en la entrega del objeto.

Los contratos “Consensu” eran consensuales, derivaban del consentimiento, pero el consentimiento por sí sólo no producía los efectos jurídicos en esos casos: los efectos se producían simple y llanamente porque se adoptaba uno de los cuatro tipos en los cuales el ordenamiento jurídico romano le dotaba de eficacia de efectos jurídicos y eran cuatro nada más: la compra-venta, el mandato, la sociedad y el arrendamiento.

Fuera de esos cuatro tipos con el consentimiento en el derecho romano lo demás no tenían ninguna importancia. Pero qué pasaba, los juristas romanos eran juristas prácticos, ellos se dieron cuenta de que a pesar de que sólo le reconocían efectos a éstos cuatro grupos de contratos que tenían nombre en el terreno de los hechos, en la vida real las partes seguían haciendo acuerdos como les daba la gana. 

Entonces los juristas romanos vieron que tenían un grupo de contratos nominados a los cuales  les dieron acción para ir a los Tribunales de Justicia  a reclamar lo pertinente, pero a la par de estos contratos tenían una cantidad de contratos donde las partes seguían procediendo al margen del ordenamiento jurídico y no procedía reclamar ante los Tribunales de Justicia, a estos  los llamaron contratos innominados.

Tradicionalmente, se consideraban contratos innominados los que para su perfección precisaba que una de las partes hubiera realizado su prestación a favor de otra que, a su vez, se obligaba a ejecutar la contra-prestación; convenida esta expresión, que no es del todo exacta, pues alguna de sus modalidades contaba con un nombre específico. Lo que caracteriza a estos contratos es que contaron con una acción genérica, buscaban en la entrega del objeto, la obtención de la contra-prestación.

En la época clásica, si alguien lograba una contraprestación no garantizaba el derecho para exigir acciones de reclamación, sin embargo, producía una situación de enriquecimiento patrimonial. La concesión de una acción al efecto fue el inicio de la sanción jurídica de estas figuras, extendidas a todos los contratos innominados.[2]

Todos estos grupos consisten en: doy para que dés, yo te doy algo para que me des algo tú, yo te doy algo para que hagas algo tú, yo hago algo para que me des algo, o yo hago algo para que tú me hagas algo.

A estos cuatro grupos de contratos les denominaron contratos innominados.

Es así como surge históricamente la distinción entre contratos nominados y contratos innominados que se proyecta hasta nuestros días. Pues las personas aún trabajan con este tipo de contratos como el Leasing, el Factory, el Francaesin, la Tarjeta de Crédito, el know –how, etc.

CONTRATOS INNOMINADOS O ATÍPICOS- ACTUALIDAD 

Asistimos a un proceso creciente de globalización mundial, caracterizado, principalmente, por la información, el conocimiento y la tecnología que serán compartidos ampliamente y estaremos más interconectados, así como la revolución científica tecnológica.

Las empresas nacionales: tienen que ganar acceso a nuevos mercados (tienen que aprender a competir y a ganar en el extranjero), nuevas fuentes de financiamiento, a nuevas tecnologías y derechos de propiedad. Esto significará contratos entre compañías, individuos y gobiernos
La contratación atípica es consecuencia del dinamismo económico – comercial de nuestra sociedad, teniendo sustento en la libertad y la creatividad de las partes que persiguen satisfacer necesidades específicas.  O en el caso de las empresas, mejorar su productividad y competitividad.

Toman este nombre por no estar previstos en el Código Civil y a la vez son atípicos por carecer de una regulación para conformarlos, sin embargo su estructura no debe apartarse de los elementos de existencia y requisitos de validez como los demás contratos.[3]
  • Autonomía de la Voluntad:

Lo que nos parece claro es que la voluntad constituye sin duda el alma del negocio jurídico.  En todo contrato-nominado o innominado- resulta una expresión de la voluntad creadora de las partes: el fruto acabado de voluntades que han decidido manifestarse en un acuerdo que de algún modo reglamentará su existencia.

Pero refiriéndonos a los contratos innominados es determinante el papel que juagará la voluntad pues se manifiesta con singular importancia en esta clase de contratos, donde aquello acordado por la voluntad de los contratantes, abarcará espacios a los que no ha llegado todavía la voluntad del legislador.[4]

Aquí algunos conceptos generales[5]:
El vocablo
·         Autonomía: Hace alusión al predominio de la iniciativa e implica la ausencia de un mandato externo a la propia dirección hacia la cual se encamina  la voluntad individual.

·         Voluntad: Implica un acto intencional y una capacidad que guía nuestras acciones;  por ello, en tanto que acto, equivale a la libertad de hacer o de decidir  con pleno conocimiento. 

Dentro de los contratos atípicos o innominados, nos encontramos con la autonomía de la voluntad que no encuentra asiento en ningún contrato nominado o típico, creando por ello un negocio jurídico o contrato nuevo.

Que se cree un negocio jurídico o contrato nuevo no quiere decir por ello que no se deban cumplir requisitos básicos que todo contrato debe tener, es decir, como la buena fe de los contratantes y la capacidad contractual de los mismos, además de carecer de vicios que hagan que el contrato sea nulo o anulable.

La autonomía de la voluntad es simple y llanamente la posibilidad que el ordenamiento jurídico les confiere a las personas para que estos regulen sus propios intereses de la mejor manera que consideren pertinente, claro está, estableciendo el legislador un marco general de determinadas garantías y principios básicos que no se deben romper. Dentro de ese marco general las partes pueden hacer como tengan a bien. Precisamente ahora los modernos Contratos Atípicos surgen, se desarrollan, crecen, en el ejercicio de la autonomía de la voluntad que no existía en el derecho romano, donde el consentimiento de las partes prácticamente no tenía ningún valor,  lo que valía era la forma. La observancia del formalismo y los efectos jurídicos de un contrato de una obligación derivaban no porque las partes lo quisieron sino porque observaron la forma dispuesta en el ordenamiento jurídico.

Estos contratos no son regulados por la ley de un modo específico, en consecuencia no tienen una denominación, en tal virtud quedan sujetos a lo estipulado en el Código Civil, Libro VII, establece:

Régimen legal de los contratos

Artículo 1353.- Todos los contratos de derecho privado, inclusive los innominados, quedan sometidos a las reglas generales contenidas en esta sección, salvo en cuanto resulten incompatibles con las reglas particulares de cada contrato.[6]

En términos generales los contratos atípicos son aquellos que no estando definidos por la legislación positiva están reconocidos por la realidad social, económica y jurídica y en ocasiones por leyes especiales, basándose en la libertad contractual y la autonomía de la voluntad, rigiéndose por los principios generales de las obligaciones y contratos y subsidiariamente por los principios generales del Derecho.




[1] MONROY Cortez, Marco- “Introducción al derecho” (2001) – Ed: Temis. Página 393-394
[2] LOPEZ DE ROMAÑA, Javier; PIZARRO ARANGUREN, Luis y BULLARD GONZALES, Alfredo-“Homenaje a Jorge Avendaño”(2004)-Volumen III- Pontificia Universidad Católica del Perú-Página 157
[3]HERNANDEZ MENDOZA, Juan Jesús, “Contratos típicos y atípicos” (2013)-Rescatado el 31 de mayo del 2014- desde http://www.gerencie.com/contratos-tipicos-y-atipicos.html Página 5
[4] RIVERO SANCHEZ, Juan Marco-“Seminario de capacitación de contratos atípicos”(2000)-Instituto Nacional de Fomento Corporativo-Página 16-18
[5] Véase Código Civil- Libro VII- Artículo Nº 1353

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Gracias por tu comentario, te pido que no olvides de unirte a nuestro facebook.